sábado, 9 de noviembre de 2013

Decepción real/Felicidad fingida

Temblando por la fiebre y -aún así- fumando, comienzo este post.

Recuerdo perfectamente que sonaba Sultans of Swing cuando empezó el declive de la conversación y, por ende, de la noche.
Me dijo mi amigo que yo ya era muy mayor para seguir creyendo en el príncipe azul y que por qué no lo intentábamos. Tonta de mí, incluso me hizo pensarlo. Sólo durante 30 segundos, vale, pero lo pensé. Transcurridos esos segundos, me pareció la propuesta más patética que me habían hecho jamás.
- ¿Aunque no me gustes?
- Date la oportunidad.
- ¿¿Aunque no me gustes??
En fin, que le dije que no, él me dijo que me odiaba y se fue sin despedirse.
Yo me quedé en el bar acabando mi cerveza y reafirmándome en mi creencia de que la oportunidad que tengo que darme es la de enamorarme locamente y no conformarme simplemente porque "ya no tengo 20 años". Al fin y al cabo, siempre he preferido estar sola que mal acompañada.

Entonces volví a lo de siempre: Las calles están llenas de zombies. Hay que tener mucho cuidado porque pasan desapercibidos. Pretenden comerse tu cerebro y que dejes de pensar como piensas.
Hay varios tipos de zombies. El zombie consejero es aquel que nunca ha hecho nada e intentará por todos los medios que tú no hagas nada disfrazando de "buenos consejos" sus propios miedos, inseguridades y frustraciones.
El zombie victimista te hace creer que "de tan bueno es tonto", "que no aprende", "que siempre le pasa igual", haciéndote sentir una persona, cuanto menos, indeseable.
El zombie peleado con el mundo te hace culpable de la mala gestión de su vida y te machaca por ello.
El zombie malrollero derrocha energía negativa por los poros para que tú la recojas y te quedes KO sin darte ni cuenta.

Ayer me fui a dormir con un amigo menos y una lección más:
"Prefiero una decepción real que una felicidad fingida".

S*

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